Hará unos días tuve la suerte de que me regalaran otro libro de Oliver Sacks, titulado:   “ Un antropólogo en Marte.” Por lo pronto, las pocas páginas que he leído no me permiten todavía hacer una crítica del libro, pero sí que me han servido de inspiración para la entrada de hoy.

Esto, en concreto, es lo que me ha dado la idea:

“La exploración de yoes y mundos profundamente alterados no es algo que se pueda llevar a cabo en una consulta o en un ambulatorio. El neurólogo francés François Lhermitte es especialmente sensible a este hecho y, en lugar de observar simplemente a sus pacientes en la clínica, insiste en ir a visitarlos a su casa, en llevarlos a un restaurante o al teatro, o a dar un paseo en su coche, en compartir sus vidas cuanto le sea posible.”

Llevar la terapia fuera del centro terapéutico, a simple vista puede parecer algo absurdo y con tintes frívolos. “ Eso es que no quieres trabajar” ; “ Eso es de cotillas” ; “ Con que les des unas pautas a las familias llega” ; “ ¿Te crees que eres House y puedes meterte en las vidas de la gente como si nada?”.

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Olvidando lo que puedan pensar los demás, el llevarse al paciente fuera del centro puede resultar estimulante para él, y los terapeutas podemos observar al paciente en un entorno de realidad pura y dura , y no de realidad simulada como puede ser dentro de la clínica u hospital.

A nivel motriz, podemos valorar los déficits que pueden presentar para enfrentarse a sus situaciones cotidianas, podemos trabajar con ellos actividades del día a día, y entrenar al paciente para que éste las pueda ir solventando paulatinamente.
La terapia ocupacional en este ámbito cobra una relevancia muy especial, para readaptar la casa, el coche, las sillas, los cubiertos… a las nuevas necesidades del paciente en el proceso de recuperación. Lo mismo con la psicología, logopedia, ortopedia, etcétera.
De la parte técnica de las profesiones poco tengo que decir, porque todos sabemos lo qué podemos hacer en el entorno del paciente.

Como dice Oliver Sacks, “ compartir sus vidas cuanto le sea posible”.

Compartir para personalizar, pero compartir teniendo en cuenta que nuestra salud mental debe estar en buen estado para poder realizar bien nuestra labor.

Que el paciente sienta que tiene con él a un profesional que se preocupa por su vida, por su mejoría, aumenta la confianza de éste tanto en si mismo, como en el proceso de recuperación. Y a más cooperación terapeuta-paciente, mayor motivación del segundo y mejores resultados.

Lo mismo ocurre con la familia del paciente. El saber comunicar y el que ellos aprecien que realmente sí estamos involucrados en la terapia. Recuerdo cómo mis abuelos me contaban cuando el médico del pueblo se iba de casa en casa, parándose a tomar café después de tratarlos, explicándoles sin esconderse en tecnicismos lo que le ocurría a su familiar, cúal era el pronóstico, que debían o no debían hacer, y escuchándolos…Tomemos un poco de ejemplo.

Una pequeña porción de nuestro tiempo, de nuestra vida. Para reír, llorar, criticar a los políticos, escuchar batallitas… en definitiva “vivir” con ellos,  por una motivación extra en su proceso de recuperación.