Saludos a todos.

 

Meses de afortunado trabajo me han mantenido fuera del mundo del blog y, sobre todo, de publicar aquí tanto como me gustaría.

En la línea de las entradas anteriores, hoy seguiré hablando de cómo podemos gestionar mejor nuestra relación con el paciente. Con un único fin: que su cerebro se fíe de nosotros generando motivación que ayude en el proceso recuperador. Ahí es nada.

Dicen que equivocarse es la única forma de aprender. Todos nosotros nos hemos equivocado en algo, nos equivocamos en muchas cosas ahora mismo y seguramente nos equivocaremos en el futuro. Viene de serie en el ser humano. Todavía no somos perfectos.

 

Nuestros pacientes también se equivocan y quizá más de lo que les gustaría hacerlo.

 

  • ¿Cómo les exponemos que se han equivocado?
  • ¿Cómo podemos explicarnos para que la corrección no genere frustración en el paciente?
  • ¿Cómo puede el paciente sacar partido de su error y verlo como parte del proceso?

    BenderTheOffender

 

En primer lugar, pensemos por un momento en qué ocurre en nuestro cerebro cuando recibimos una reprimenda.

Lo primero es una reacción de defensa ante la agresión externa que interpreta nuestro cerebro.
El sistema nervioso simpático toma el mando, sube nuestra presión arterial y el riego de nuestro cerebro se dirige de manera más abundante a áreas más profundas para preparar la huida. A la reacción de defensa la sigue la frustración. El hecho de que nos riñan por realizar algo mal.
La impotencia de no poder volver atrás y corregirlo.

En todo caso, en una persona sana esto puede acabar haciendo mella si se repite con frecuencia en el tiempo, pero el ser humano también ha ideado estrategias para solventar este tipo de errores o esconderlos.

 

Ahora bien, ¿y si esto mismo le ocurre a un paciente que recibe una reprimenda porque mientras se calzaba se le ha caído el zapato al suelo y tiene que volver a empezar?

 

Tenemos dos opciones:

 

«La Reprimenda»

A los sucesos cerebrales citados antes y a otros tantos que puedan ocurrir, les sumamos una alteración de la tensión, tanto nerviosa como muscular, como reacción defensiva o protectora ante la bronca y como manifestación del estrés nervioso.

De repente, lo que hasta hace unos momentos era un simple error ha provocado tal aumento de la tensión y del tono que al paciente le resulta mucho más difícil vestirse y, por lo tanto, aumenta su estrés y entramos en un círculo vicioso donde la pescadilla se muerde la cola.

 

 

 

 

«La Pacifista»

Cuando el zapato esté en el suelo, podremos preguntar al paciente cómo cree que puede solucionar eso, dejando claro que estamos a su lado para poder ayudarle pero que puede perfectamente valerse por sí mismo.

Los lóbulos frontales del paciente tomarán el control de la situación. De repente tiene que resolver un problema para el que está capacitado. Sabe que si se equivoca, el profesional que tiene a su lado no tiene prisa.

Si aprecia en nuestro lenguaje corporal muestras de calma, comprensión y ayuda, facilitaremos que el tono se mantenga en un buen estado para la realización de la función, no daremos lugar a que aparezca el estrés por ningún sitio. De esta forma, los impedimentos biomecánicos que aparecen cuando sube el tono, no aparecerán. No hay necesidad.

 

Este pequeño cambio en nosotros le brinda al paciente la oportunidad de sentirse útil porque ha ejecutado mejor una tarea que va en su propio beneficio. Al haber cambiado un semblante serio e imperativo por un semblante más calmado y que no juzga el cómo se realiza una función, sino que simplemente está ahí para colaborar cuando sea necesario, gestionamos mejor el intento fallido del paciente y, sobre todo, mantenemos en él una idea básica para su recuperación: la de su utilidad.